Si pensamos en el Texas del siglo XIX, probablemente nos vienen a la cabeza cowboys, caballos, ganado y grandes extensiones de pradera. Lo que cuesta un poco más imaginar es una caravana de camellos avanzando por los caminos polvorientos del estado. Y, sin embargo, durante unos años, Texas tuvo sus propios “cowboys de camello”.
Aunque la historia suele conocerse como la de los “camellos de Texas”, los animales que llegaron al estado eran en realidad dromedarios, es decir, camellos de una sola joroba (Camelus dromedarius). El término “camello” se mantuvo porque así se llamó oficialmente el proyecto del ejército estadounidense, el llamado "U.S. Camel Corps", pero desde el punto de vista zoológico aquellos animales eran dromedarios procedentes de África del Norte y Oriente Próximo.
A mediados del siglo XIX, antes de que los ferrocarriles conectaran gran parte del territorio estadounidense, el ejército tenía un problema: transportar suministros por las zonas áridas del oeste era lento, caro y muy complicado. Los caballos y las mulas sufrían con las largas jornadas, la falta de agua y el calor extremo. Alguien tuvo entonces una idea que parecía sacada de una novela de aventuras: ¿por qué no utilizar camellos?
El impulsor del proyecto fue el secretario de Guerra estadounidense Jefferson Davis, quien pensó que estos animales, acostumbrados a los desiertos de África y Oriente Próximo, podían convertirse en una solución perfecta para las rutas fronterizas. En 1855, el Congreso aprobó la compra de camellos y el ejército organizó una expedición para traerlos desde Oriente Medio.
Los primeros llegaron a Estados Unidos en 1856 a bordo del barco USS Supply, después de un largo viaje desde el Mediterráneo. La expedición desembarcó en Indianola, Texas, y desde allí los animales fueron trasladados hacia el interior del estado. Su destino principal fue Camp Verde, cerca de San Antonio, una instalación militar que se convirtió en la base del llamado U.S. Camel Corps.
La llegada de aquellos animales tuvo que ser todo un espectáculo para los habitantes de la zona. Los tejanos estaban acostumbrados a ver caballos, mulas y ganado, pero un grupo de dromedarios caminando por los caminos del Hill Country era algo completamente distinto. Algunos soldados incluso tuvieron que aprender a manejarlos, porque un dromedario no se comporta exactamente como un caballo: tiene su propio carácter, sus propios sonidos y una forma bastante particular de dejar claro cuándo no quiere colaborar.
Y lo cierto es que los dromedarios funcionaron bastante bien. Eran capaces de recorrer largas distancias, necesitaban menos agua que otros animales de carga y podían transportar grandes pesos. Durante las pruebas realizadas en Texas y otras zonas del oeste demostraron que podían ser muy útiles para explorar regiones desérticas y transportar provisiones.
Pero el experimento tenía un problema: los dromedarios podían ser eficientes, aunque no eran precisamente populares. Muchos soldados preferían trabajar con mulas y caballos, animales que ya conocían y controlaban mejor. Además, el fuerte olor de los dromedarios y sus gruñidos molestaban a otros animales, especialmente a los caballos de las unidades de caballería.
La aventura de los dromedarios tejanos duró poco más de un lustro. Aunque las pruebas demostraron que podían ser animales de carga muy eficaces, el proyecto perdió fuerza con la llegada de la Guerra Civil estadounidense en 1861. Camp Verde quedó fuera del control del ejército de la Unión y los dromedarios dejaron de formar parte de los planes militares. En 1864, los ejemplares que quedaban fueron vendidos a particulares y algunos terminaron en espectáculos ambulantes o utilizados para otros fines. Con el tiempo surgieron historias sobre dromedarios que escaparon y sobrevivieron en libertad por distintas zonas del suroeste, alimentando una de esas leyendas del Oeste americano que mezclan historia y ficción.
Aunque el experimento duró poco, dejó una huella curiosa en la historia de Texas. Durante unos años, las tierras que hoy asociamos con ranchos y cowboys fueron también territorio de dromedarios militares. Una época extraña en la que, antes de que el automóvil y el ferrocarril cambiaran el oeste americano, el futuro del transporte pudo haber tenido una joroba.
Porque sí: hubo un tiempo en el que Texas tuvo camellos de cuatro patas.
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