Wednesday, September 19, 2007

Chicago is my kind of razzmatazz

Cinco de agosto de dos mil siete
Querido diario:
Torcu nos llevó al aeropuerto, Torcu que debería haber venido con nosotros y que por enfermedad se retiró del camino. Tras unas dos horas de avión llegamos al aeropuerto O’Hare, un sitio muy mal señalizado y después de unas vueltas dimos con la furgoneta que nos llevaba a coger el coche de alquiler, el conductor era un tipo de Méjico muy hablador que nos contaba de la paella mientas el aire acondicionado nos congelaba.
El hotel está cerca del aeropuerto pero muy lejos del centro de Chicago, hoy tras dejar las maletas, ya con nuestro coche de alquiler, nos hemos acercado al downtown a hacer unas fotos. El paisaje que hemos visto es de monopoly, edificios muy altos en calles estrechas, me ha encantado el hecho de poder pasear, de ver gente en la calle, de encontrar monumentos relativamente antiguos… nos dio la noche y subimos al observatorio Hanckock, para poder ver Chicago de noche, hicimos tiempo yendo hasta el lago Michigan, el olor de ese agua es muy peculiar, como el de la que tomé aquí en el hotel cuando llegamos, me moría de sed pero creo que he cometido un craso error.
En el observatorio hay una vista indescriptible, menos mal que Quinin saca fotos sin parar, pero el lugar no esta preparado para fotógrafos, hay cristales que dan reflejo y el interior esta demasiado iluminado, hay rejillas de metal en las partes abiertas para recibir el aire de las alturas. Tengo mucho sueño, Quinin se ha dormido ya. Hasta mañana querido diario.

Seis de agosto de dos mil siete

Querido diario:
Estoy hecho polvo, hoy dejamos el coche en el parking de la estación del metro y nos hemos acercado al centro para evitar el no aparcamiento. Al principio nos costó encontrar las direcciones de los lugares que queríamos visitar, pero después llegamos a la oficina de turismo y allí nos armamos con mapas y folletos varios.
Nos acercamos al Millenium Park pero todo estaba tomado por los restos del festival de música Lollapalooza y por eso se veía a un montón de gente con camisetas que ponían Lolla, sí Lolla… de Lollapalooza.
La niebla fue cubriendo poco a poco la ciudad y por ello decidimos no ir a la torre Sears, así que nos acercamos a China Town, China Town, sí, de China y de Ton, perdón Town… allí miramos nuestros emails en la biblioteca y comimos muy bien, pero no fue el mejor día de Quinín.
De vuelta pasamos por la Union Station, una estación de tren preciosa que aparece en varias películas y en la canción de Willie Nelson ‘City of New Orleans’.


Paseamos por la ciudad todo un lujo para el que vive en Houston, vimos el planetario, el estadio de fútbol americano, el edificio de la ópera, la bolsa, el ayuntamiento… empezó a llover y ya no se podía ir a los lugares ni en transporte público, otro lujo de esta ciudad.
Cogimos el tren en la estación de Clark donde un doble de Spike Lee tocaba la guitarra y cantaba como los ángeles de Chicago. Cantaba tan bien que cuando terminaba la gente le aplaudía, increíble.
Voy en el tren escribiendo esto y tras unos cuarenta minutos ya hemos llegado al aparcamiento para recoger el coche.
Ahora son las once de la noche y estoy viendo en la tele la peli ‘Easy Rider’ hecha para simple lucimiento de Peter Fonda, antes vi el final de Bullit, el film de acción con menos diálogo de la historia. Me caigo de sueño, está lloviendo a mares y el gallego está muy callado, estoy pensando en el año que nos espera, está claro que la risa y la tristeza van paseándose por los barrios del mundo.

Siete de agosto de dos mil siete
Querido diario:
El desayuno en el hotel es de risa, el dueño, indio de la India, o paquistaní de Pakistán, no tiene platos, quiere que comamos la bollería del todo a cien encima de servilletas de papel… Si estuviera aquí Torcuato…
Durante la mañana, nos acercamos al museo Wright en el barrio de Oak Park, un lugar de ensueño, uno se da cuenta de la calidad de vida que ganas viviendo en una casa, la zona es preciosa, en este barrio nació Ernest Hemingway. El museo lo componen la casa del arquitecto Frank Lloyd Wright y su estudio de arquitectura, ambos con diseño de principio de siglo. El paseo estuvo muy bien pero la guía no era muy buena, hablaba bajo y rápido. El tipo era creativo, basándose en líneas rectas creo un estilo muy peculiar.
El día ha sido precioso, hacía un sol radiante así que tras comprar unas viandas porque el gallego moría de fame, nos dirigimos a la torre Sears para disfrutar de la vista aérea. De camino, en el metro, una negra le gritaba a alguien por teléfono que le devolviera su “fucking money”. Llegamos al Sears y la visita desde el skydeck es indescriptible, en las paredes hay murales con la historia de Chicago, se cuenta, por ejemplo, como comenzó el gran incendio que destruyó la ciudad en 1871: una vaca… una puta vaca le dio una patada a una lámpara de aceite con tan buena suerte que la casa de la dueña de la vaca ni siquiera ardió…
La torre Sears es el edificio más alto de EE.UU. pero como dice Quinin, no da tanta sensación de altura como los edificios altos de Nueva York, quizá porque New York City es New York City. Llamamos al Torcu pero no hubo respuesta.
Después nos acercamos al planetario para hacer las fotos que no se pudieron hacer ayer por la niebla, cruzamos media ciudad para tres instantáneas. De allí nos fuimos a la parte comercial del puerto, el ‘Navy Pier’, todo orientado al consumo familiar, se ofrecían cruceros por el lago en barcos que daban cena y música pero no barajamos la opción.
Seguimos paseando y haciendo fotos nocturnas, fuimos al House of the Blues, un local de música en vivo lleno de cuadros muy curiosos y muebles y barra del bar cubiertas con matrículas de coches, hubo llamadas telefónicas, baseball en TV y blues en directo… ¡joooooooooooooo! ¿Cómo pude defender este estilo musical e ignorar el flamenco durante tanto tiempo? Tras un par de cervezas regresamos al hotel y aquí estoy, me voy a dormir.

Ocho de agosto de dos mil siete
Querido diario:
El día comenzó pronto con una llamada de Dania desde el aeropuerto en Puerto Rico a las 6.47 AM, Dios me la bendiga, me preguntaba por un perfume que yo le había pedido en su día. Dejamos el hotel y nos dirigimos a los míticos estudios Chess de Chicago donde grabaran muchos de los artistas negros que influyeron en la musica occidental posterior, los propios Rolling Stones grabaron allí durante la etapa que más me gusta de ellos. Llegamos al Haven Blues y me llevé una gran decepción, estaba cerrado, sólo abren previa petición telefónica. Allí esperamos treinta minutos y conocimos a una pareja de Manchester que habían venido ex profeso a EE.UU. para ver los Chess y la Motown ¡Qué putada! Creo que el blues se ha tomado su venganza tras tanta crítica, joder… me está bien empleado.


Dijimos hasta la vista a Chicago y nos dirigimos a Michigan.
http://picasaweb.google.com/deputydude/Chicago

La hora del Ángelus, tras paradas en varios peajes, nos tocó en New Buffalo y allí en el restaurante Rancho Grande, hicimos dos grandes descubrimientos: uno la cerveza Dos Equis Ámbar y la otra un gran notición, hemos encontrado el carro robado a Manolo Escobar. Casi nada, después de treinta y ocho años dando la murga, los cabrones se lo llevaron desde El Ejido hasta Michigan, y el pobre hombre dando la vara todos estos años. Acojonante, la foto habla por sí sola.




El hambre no respetaba y paramos en un Cracker Barrel, comida casera de franquicia, después quisimos pasar por el downtown de Battle Creek e intentar ver el balneario, pero se puso a llover a mares. Todo alrededor de ese pueblo gira entorno a los Kellogg’s, el fabricante era de allí y el colegio, las calles, el estadio… llevan su nombre: Hill Keith Kellogg. La siguiente parada fue Marshalls donde Quinin sacó fotos bajo lluvia ligera que terminó siendo torrencial otra vez, me encantó la casa Honolulu una mezcla de arquitectura victoriana y hawaiana.
La carretera cansa, Quinin no ha parado de conducir todos estos días, las millas caen y no le salían las cuentas, discutimos sobre la posibilidad de ir o no a las cataratas del Niágara, yo quería, él no, pero ese era un sitio al que tenía que ir a cualquier precio tras haber perdido el museo del blues. Qué gran sorpresa cuando de repente me dice: No vamos a Detroit, vámonos a las cataratas; y a Canadá que tiramos. Llegué a estar algo enfadado con todo, Quinin está tocado anímicamente y llegué a pensar que deberíamos haber cancelado el viaje. Tardamos muy poco en cruzar la frontera, sorprendente que los de Canadá pasasen olímpicamente de nosotros, bien por ellos… pasamos y empezaron de nuevo las risas, ya no había millas sino kilómetros, pero seguían siendo cinco horas hasta las dichosas cataratas y tras mil kilómetros de conducción llegamos por fin a Niagara Falls, encontramos el hotel en el que el dueño era barbarroja, un tal Mohammed no se qué.
Mientras escribo esto, nos descojonamos con los comentarios de Quinin sobre las atracciones que anuncia un folleto del pueblo… Dios, más me vale que el sitio merezca la pena o estoy jodido, además Quinin acaba de nombrar a las orcas como los animales más cansinos del reino animal y les ha dado mis apellidos... en fin, me voy a dormir ya.

Nueve de agosto de dos mil siete
Querido diario:

Menos mal que esto ha sido impresionante, si no el gallego me hubiera matado después de no sé cuantos kilómetros. La parte natural es increíble, pasear por los alrededores del “hoyo” es indescriptible, belleza casi salvaje, ruido infernal de agua rompiéndose al caer, las rocas, el aire hecho gotas diminutas de agua… el resto es mercadería barata orientada a la masa estúpida. Atracciones para la familia, museos de cera, túneles del miedo, tren de la risa, tren de la bruja y la madre que los parió. Mereció la pena hacer mil kilómetros de ida para ponerse en la cola, comprar el billete y subirse al barco Maid of the Mist que te lleva al borde mismo de la caída del agua, el chubasquero de plástico que te dan te sirve para parar el agua que te cae encima, me quité la capucha y sentí el agua en la cara y en los pantalones que se calaron de rodilla para abajo.
Hoy llamó Torcu, por cierto que me encantó ver cabinas telefónicas.


Al entrar de nuevo en EE.UU. sonaba en la radio “Natural Woman” de Aretha Franklin, curioso cuando entrábamos en Canadá sonaba “Your love is a like a see saw”, cosas de canciones… pensaba en qué hacer porque había perdido el papel del pasaporte, el que tienes que grapar, el dichoso I 94, vino conmigo pero no salió del hotel de Chicago… el caso es que en la radio digital sonaba una canción de Elton John “Saturday Night is Alright for Fighting” que suena muy similar a un tema de Burning: “Rock and Roll Mama”.
Joaquín tenía todo en regla, a mí me tuvieron una hora y media haciendo preguntas y esperando hasta que lo imprimieron, me tomaron las huellas y me sacaron una foto, se nos esfumaron dos horas, dos horas de responder preguntas hechas por un policía muy enfadado… cuando volvimos al coche vimos que los de la “migra” habían registrado todas las maletas, todas y cada una de ellas. En fin…
De vuelta a Detroit hemos dado un paseo por la ciudad y la verdad es que parece bastante decadente, he leído los emails en el hotel, uno me ha puesto muy contento y el otro me ha entristecido mucho, me espera la Motown, la tengo ahí….

Diez de agosto de dos mil siete

Querido diario:
Hoy amaneció con una sola idea en mi cabeza, el museo Motown/Hitsville, fuimos directos al sitio al que habíamos ido ayer para saber donde estaba. Al lado justo hay una funeraria y mientras esperábamos a que nos abriesen (empecé a sospechar que nos ocurriría lo mismo que en Chicago) mirábamos un entierro de alguien negro, los ropajes eran los de una boda negra, colores, sombreros extraños, camisas de color oro…
El museo Motown es acojonante si tienes idea de lo que vas a ver, de los guías que nos explicaban las diferentes salas se puede decir que un buen orador hace de cualquier cosa algo interesante, el tipo negro era genial, GENIAL, el mariquitusi un paquete. En la casa, porque es lo que es, una casa, había fotos de familia, portadas de discos, discos de los diferentes sellos que Berry Gordy Jr. creó (Ecology, Soul, Gordy…) para que pusieran a sus artistas sin parar en las radios cuando había aquella norma de poner más de tres veces canciones del mismo sello… la familia Gordy eran auténticos genios, pero Berry en particular adaptó a su sello de grabación todo lo que aprendió en las cadenas de montaje de automóviles en las que trabajó. Genial, el estudio estaba abierto 24 horas al día, las ideas para buenas canciones no suelen aparecer de 9 a 5, así que cuando alguien del vecindario (normalmente) se acercaba por allí con una idea, la cadena de producción comenzaba.
El guía negro nos enseñó un invento de un tipo de dieciocho años, en la planta de arriba de la casa habían hecho un agujero cuadrado en el techo que daba a la buhardilla para que los cantantes hicieran las voces debajo de él y sirviera de enorme caja de resonancia… ¡viva la Motown! También nos explicó que de una depresión inmensa provocada por la muerte de su compañera de escenario y de vida, y de las cartas de su hermano desde Vietnam, Marvin Gaye compuso quizá el LP de soul más conocido de la historia: “What’s going on?”
Quería comprar unos souvenirs para Torcu (al que llamé desde allí, necesitaba compartir ese momento con él) y para Molano pero la tienda es una basura, no hay nada bonito, no había una sola camiseta que poder llevar a las amistades. http://www.motownmuseum.com/mtmpages/

Después nos encaminamos a Detroit centro ciudad creyendo que iba a ser algo feo, pero nos llevamos una sorpresa muy agradable. En el people mover, un tren eléctrico elevado que cuesta cincuenta centavos y que te pasea por todo el centro del centro tuvimos una idea general del down town, visitamos el teatro Fox, el estadio de los Tigers, iglesias… Detroit es la capital mundial del automóvil, y claro comimos en el edificio GM donde nos subimos en todo tipo de vehículos… me fui con una sensación muy agradable de Detroit, en una nube que no me permitió ver si el gallego estaba bien o mal, yo sólo tenía en mente lo que había visto en Hitsville, los trajes de los Temptations, el estudio de grabación… mitómano que es uno.
Como hemos acabado aquí, no lo sé… el caso es que estamos haciendo noche en Toledo, Ohio, un lugar del que se cachondea John Denver en una de sus canciones… mi vecino Casey y Morales llamaron por teléfono, y ambos se partían de la risa al saber dónde estábamos… mientras paseábamos por el desierto de soledad que este lugar y tomaba fotos, Quinin cantaba el tema una vez y otra, descojonandose de risa… yo pensaba que quizá a los de este pueblo no les gustase esa coña y nos podían tirar un tablón desde una ventana. Era sábado por la tarde y no se veía a nadie en la calle. Encontramos hotel, algo lejos, dejamos los bártulos y salimos a cenar y a tomar una cerveza, vimos que había partido de baseball los Mud Hens jugando contra no sé quien... Cenamos y tomamos algo en un pub irlandés que era bastante malo, las chicas de por aquí son muy guapas, eso sí, seguimos con las risas de Toledo y yo hablé con una camarera a cuenta de mi cigarrillo de plástico.
Ha sido un día muy intenso, me voy a dormir tengo mucho sueño... Saturday night in Toledo Ohio…


Saturday night in Toledo Ohio
Is like being nowhere at all
All through the day, how the hours rush by
You sit in the park, and you watch the grass die

Oh, but after the sunset, the dusk and the twilight
When shadows of night start to fall
They roll back the sidewalks precisely at ten
And the people who live there are not seen again.

Just two lonely truckers from Great Falls, Montana
And a salesman from places unknown
All huddle together in downtown Toledo
To spend their big night all alone

You ask how I know of Toledo, Ohio,
Well, I spent a week there, one day
They've got entertainment to dazzle your eyes
Go visit the bakery and watch the buns rise

Oh, but let's not forget that the folks of Toledo
Unselfishly gave us the scale
"No springs, honest weight."
That's the promise they made
So smile and be thankful next time you get weighed

And live and let live
Let that be our motto
Let's let the sleeping dogs lie

And here's to the dogs of Toledo, Ohio
Ladies, we bid you goodbye.


http://picasaweb.google.com/deputydude/Detroit

Once de agosto de dos mil siete
Querido diario:
Ya no sé si te quiero o te odio más. Hoy ha sido un día muy completo en lo cultural, tras el desayuno nos acercamos a Perrysburg donde había una exposición de coches antiguos. Fue como un viaje en el tiempo, por curiosidad medimos un Cadillac… sólo seis metros por dos y medio. El museo de arte de Toledo, Ohio, es sorprendente muy completo, hay cuadros de Velázquez, Goya, Monet, Cezanne, el Greco, Van Gogh… incluso hay un claustro de un monasterio francés… además de una exposición del artista gráfico “favorito” de Antonio Molano, Andy Warhol.
Después del museo nos pasamos por la iglesia de Nuestra Señora del Santo Rosario, de estilo plateresco, una belleza arquitectónica norteamericana.
Tras una comida en Waffle House servida por una camarera de risa muy tonta pero dulce como ella sola, cogimos la carretera 20A y empezamos a conversar sobre la tendencia natural del ser humano a la sodomía, bien sea figurada o real; también sobre la inutilidad de las moscas, en mi opinión el animal más cansino del reino, porque al menos el mosquito jode, pero es para comer y la mosca sólo da por saco. Quinin reía triste.
El sueño de sobremesa nos podía y encontramos el lugar más tranquilo del mundo para una siesta, el cementerio del pueblo de Burlington, soledad y silencio, sueño profundo hasta que el teléfono de Quinin lo jodió todo. Arrancamos y Quinin seguía conduciendo, el paisaje era muy bonito, graneros abandonados, granjas, pastizales… en una de las sesiones de fotos paró un motero y se ofreció a hacernos una al lado del cartel de Ohio… “A que nos roba la cámara…” – pensé enseguida- así que para asegurarme de que teníamos pruebas en caso de que ocurriera le saqué dos fotos a la matrícula de su motocicleta… así soy de listo, al final Quinin le dijo que pusiera la moto a nuestro lado y al menos nos aseguramos de que no nos la iba a robar y salir disparado en su Harley.
Vinieron muchas risas a cuenta de mi idea de asegurarme las pruebas, si se hubiera llevado la cámara las fotos se hubieran ido con ella.
Vimos muchos Amish, muchos, en las cercanías de un pueblo llamado La Grange, nos acercamos a una atracción turística llamada Amish Acres, que no era más que una serie de salas de exposición y un restaurante, con discoteca incluida, más falso todo que esos pub irlandeses de Madrid que tanto me gustan…
Por fin llegamos a Michigan City, hemos tomado un par de cervezas en los bares más cutres del mundo, con ambiente selecto y camareras desdentadas, no pudimos encontrar un restaurante abierto y yo me negué a comer en aquellos lugares. Uno de ellos se llamaba Sportman’s Bar, traducción perfecta para un lugar mítico del Madrid de los 90, el Hogar del Deportista, qué gran bar aquel, Dios…
Esta noche a dormir con hambre.

Doce de agosto de dos mil siete
Querido diario:
Ya estamos en el aeropuerto de Chicago, tras un atascazo impresionante y 1.543 millas (2.482 kilómetros) de coche que se ha hecho Quinin.
Amanecimos en el pueblo más feo del mundo, su paisaje parece el de Springfield de los Simpson, sólo que aquí hay una central térmica que se ve desde cualquier sitio, incluso desde el parque natural de Indiana Dunes, con una playa al lado del lago por la que caminé descalzo, algo que no hacía desde que fui a los Cayos…
Se nos echaba el tiempo encima así que cogimos la carretera 80/90 con dirección a Chicago y de camino iba pensando en el documental sobre Cat Stevens que habíamos visto en el hotel y en un telepredicador preparadísimo que hablaba sobre religión y ciencia.
Esperamos para embarcar, hasta la próxima.

Robinson Rodríguez Duque

Sunday, August 19, 2007

Ça, cést l'histoire de Melody Nelson

En unos veintiocho minutos del primer disco conceptual del que yo tengo noción real, Gainsbourg cuenta la historia de Melody Nelson, su Lolita particular, con un argumento más que probablemente autobiográfico. Todo comienza cuando el feo conduce su Rolls Royce por una carretera aislada y solitaria, por el simple placer de conducir, absorto en sus ideas, con la mirada fija en ningún sitio, pendiente del sonido silencioso del ruidoso motor de su coche de 1910. De repente, siente un golpe, ¡Mierda…! Ha atropellado a alguien. Al principio sólo ve las ruedas de una bicicleta pero después ve el cuerpo de una chica en el suelo con la falda levantada, parece que no ha pasado nada, la chica está bien, se llama Melody Nelson es inglesa y tiene sólo catorce otoños y quince veranos. Gainsbourg la levanta en sus brazos sin saber en aquel momento que él se convertiría en la única persona que había abrazado a Melody en su vida, en ese instante nace un típico amor alocado, sin límites, intenso, onírico y, lógicamente, fugaz.
Gainsbourg le enseña a Melody los secretos el amor físico en la habitación de un hotel un tanto particular, que es en realidad una especie de pequeño museo con una colección privada de arte, en donde la belleza de Melody se compara y se mezcla con las grandes obras maestras de la artística universal. Ella se convierte en su musa inspiradora y obra de arte a la vez, y todo iba bien para él hasta que el avión en el que viajaba Melody se estrella y desaparece en la selva de Nueva Guinea, un accidente causado por los hechizos y conjuros de los brujos de las tribus que buscan atraer los aviones a la jungla para saquear su carga.
A grandes rasgos este podría ser el resumen del argumento de la obra, en cualquier sitio en el que leas sobre el disco siempre encontrarás a alguien que afirma que la triste histoire de Melody Nelson narra de forma poética e idealizada el encuentro real entre Gainsbourg y Birkin, Jane Birkin, británica ella, la mujer que le dio la inspiración más creativa al francés de origen judeo ruso, la misma de la que él el día que se conocieron en el set de la película “Slogan” en 1968 pensó que era una cerda y ella el hombre más horrible del mundo.
No hay explicación posible para algo como “Melody Nelson” si no estás en la mente de Gainsbourg, o si no pasas por algo parecido; los límites entre lo real y la ficción no están claros pero sí se da por entendido que Jane Birkin es Melody Nelson y Melody Nelson es Jane Birkin. Gainsbourg necesitaba a Jane para vivir la vida personal y la artística, pero al mismo tiempo le carcomían los celos por el hecho, alentado por él mismo, de que su mujer fuese objeto de deseo para otros hombres. Aquello le asustaba y tomó un terror atroz a que algún día Melody Birkin cogiese un avión y desapareciese para siempre, lo que le hizo ser más posesivo y dañino; y llegó a hacerse un problema tan agudo que terminó echando a perder su relación.
Los genios adaptan asuntos de sus vidas personales en su obra, está claro, pero en esta hay una nota un tanto discordante: es extraño que la historia acabe de forma tan trágica cuando la relación de ambos estaba en pleno esplendor.
Birkin fue el leif motiv de Gainsbourg por muy extraño que esto parezca, por muy mal que la tratase, por muy alcohólico y autodestructivo que fuese (difícil de entender, Paula, lo sé...) pero cuando Serge quiso rectificar se encontró con una de esas verdades absolutas que te golpean la cara y te dejan viendo las estrellas de la constelación dolor: sólo las madres y el verdugo pueden perdonar de corazón, el resto de personas son incapaces. Incluso el autoperdón es un término inexistente cuando le has hecho daño a tu madre, o a tu abuela o a la persona que representa a una o a las dos, uno no se puede perdonar ciertas cosas, a partir de ahí empiezas a autodestruirte y a buscar excusas para tu “inamor”, para la incapacidad de amar como esa persona quiere que la ames y entonces te aferras al salvavidas de empezar a “crear”: un disco, un libro de recortes, una colección de poesías… lo que sea con tal de encontrar el perdón o el autoperdón, o el bálsamo de la compasión y admiración de la gente. Casi siempre la cosa llega a posteriori, pero muy raras veces se anticipa como en el caso de este disco.
Quizá la muerte de Melody se refiera a la muerte de la adolescente virginal y pura que Serge vio en Jane, o quizá preveía que antes o después la bella dejaría a su bestia y se marcharía con un hombre con personalidad más llevadera y adulta, lejos de una genialidad supuesta o no, que le resultó atractiva y plena un tiempo pero que al final le trajo más tristezas que alegrías. Gainsbourg quizá viese tan claro que no podía hacer nada para mantener a Melody a su lado que escribió el epitafio nueve años antes de que su relación terminase. Ella por su parte se cansó de ser un personaje y no una persona, la novia de Serge no quería ser Melody, ni hacer más tonterías, ni soportar ninguna otra; tenía personalidad y fuerza suficiente para seguir su camino, para vivir siendo Jane Birkin.
Quizá influya que las grandes tristezas de amor masculinas tienen muchas veces algo "edípico", Jane era la mujer que Serge deseaba, la que le daba la inspiración, a la que dormía abrazado, la que tenía en mente cuando bebía... Serge, agárrense a la silla, estaba enamorado de una mujer que para él era su madre, pero treinta años más joven y además con la que se podía acostar sin enojar al dios tabú del incesto. Serge se rompió por dentro cuando se le fue Melody Nelson, que en realidad era Jane Birkin que en realidad era Olia Bessman, una rusa emigrada a Paris con su marido en 1919 y que tuvo un hijo al que llamaron Lucien Ginzburg que en realidad era un tipo llamado Serge Gainsbourg, un genio que fue capaz de escribir y componer todos los temas de este disco.
El amor de madre, el sentirse arropado, el encontrar a alguien que te enseñe y te haga corregir comportamientos, el tener que esforzarse por algo que realmente quieres lograr, el pasar por todo tipo de situaciones desagradables para un egoísta... eso sólo se hace por una madre, pero de adolescente estas demasiado ensimismado en tu idiotez para darte cuenta, y además a tu mamá no la puedes besar apasionadamente, ni dormir abrazado a ella, ni escribirle canciones que no sean repetitivas ni verbeneras, ni hacer algo tan inmensamente bello como la triste histoire de Melody Nelson…
Gainsbourg creó un homenaje a su musa y motivo de su vida, compuso una ópera, una obra entera dedicada a su vivencia con ella en esos primeros años. Hasta tal punto la echó de menos cuando se marchó de su lado, que se dice que Serge Gainsbourg fue enterrado con el muñeco que Jane Birkin lleva en la mano en la portada de ‘L’histoire de Melody Nelson’, fetichismo, claro… otro de los síntomas del enamoramiento edípico... incluso a partir de este disco llama a la compañía con las que registra y publica sus canciones “Melody Nelson Publishing”.

“Melody” es la canción que narra el encuentro accidental entre los dos, un tema de más de siete minutos con una atmósfera llena de sonidos bajos, con momentos de tensión musical que marcan el atropello de la adolescente pelirroja, con narraciones sensuales de indiferencia en el inicio ya que él conduce porque no tiene nada mejor que hacer, su vida está llena de todo lo material pero de muy poco espiritual, y transcurre de igual forma que cuando vas en coche a algún sitio y no recuerdas como has llegado. A medida que el encuentro se acerca la instrumentalización se acelera, se distinguen los pistones subiendo y bajando dentro de ese potente motor que marcha más deprisa para llegar a casa y cuidar de su pelirroja… llega el diálogo sensual:


Tu t'appelles comment?
Melody
Melody comment?
Melody Nelson


melody
(serge gainsbourg)




las aletas del rolls rozaban los postes
cuando sin querer me perdí
llegamos mi rolls y yo a una zona
peligrosa, un sitio aislado.

y allí, en el capó de este “silver ghost”
de 1910 avanzaba como un explorador
la venus plateada en el radiador
cuyas ligeras alas abrían camino.

engreída, desdeñosa, mientras que la chillona
radio tapa el silencio del motor
ella observa el horizonte pero su mente, en otra parte,
parece ignorar las aceras que voy montando.

callejuelas, callejones y lugares
donde aparcar está prohibido, un corazón indiferente
ella aguanta las riendas del poder de mis veintiséis caballos
princesa de las sombras, ángel maldito arqueado
amazona en estilo moderno que el escultor
dio en nombre inglés de “spirit of ectasy”
y así estaba yo haciendo el gilipollas antes de perder
el control del rolls. avanzaba lentamente,
mi coche derrapó y un violento ruido
me sacó de repente de mis sueños. ¡mierda!

vi la rueda de una bicicleta delante
que seguía girando sin control
como una muñeca que pierde el balance
la falda subida por encima de sus bragas blancas

“¿cómo te llamas?
melody
¿melody qué?
melody nelson...”
melody nelson tiene el pelo rojo
y es su color natural.




Después de preguntar como se llama y de recibir una sensualísima respuesta, llega “Ballade De Melody Nelson” en la que en dos minutos se describe su edad y carencia afectiva, y se da la primera muestra de obsesión amorosa/de deseo de Serge: Tu étais la condition/ Sine qua non/ De ma raison (Eres la condición sine qua non de mi razón….) de nuevo rodeado de un ambiente musical que entremezcla cuerda clásica con cuatro y seis cuerdas eléctricas, y que, tras la mágica introducción del bajo, acompañan a la declaración descriptiva que Gainsbourg hace de Melody.



la balada de melody nelson
(serge gainsbourg - serge gainsbourg/jean – claude vannier)






esta es la historia
de melody nelson
a quien a parte de mí, nadie más
abrazó
eso te sorprenderá
pero es tal cual
ella tenía amor
pobrecita melody nelson
sí, tenía toneladas de él
pero sus días estaban contados
catorce otoños
y quince veranos
un animalito pequeño
aquella melody nelson
una niñita tan linda…
una niñita deliciosa
a la que conocí sólo un instante
¡oh! mi melody
mi melody nelson
encantadora gilipollas/encantador coño
eras la condición
sine qua non
de mi razón.


Los limites entre canción y canción se difuminan, llega el momento de un vals auto reflexivo tipo “Bleu Danube”, “Valse De Melody”, en el que se habla de lo extraño de la naturaleza, quizás comparando a Melody con la madre tierra, y que refleja los misterios y secretos del amor en ambas, o sea, la tendencia imparable del amor sin sentido, que no comprendes pero que te atropella y que te lleva a hacerte igual de soñador que de telúrico. Noventa y dos segundos de cuarteto de cuerda y unos platillos que se escuchan al fondo del canal izquierdo.




el vals de melody
(serge gainsbourg)





el sol es extraño
y la felicidad también
el amor se pier-
de durante la vida

el sol es extraño
y la felicidad también
pero todo cambia
entre los brazos de
melody

los muros de alrededor
del laberinto
se abren
al infinito

el sol es extraño
y la felicidad también
el amor se pier-
de durante la vida

el sol es extraño
y la felicidad también
pero todo cambia
entre los brazos de
melody

los muros de alrededor
del laberinto
se abren
al infinito


Todo es pendular y ahora toca que el peso caiga sobre las cosas tontas que estar con Melody Nelson obliga a hacer al viejo verde, aunque él sabe que ella no conoce el amor adulto, ni lo egoísta que él es, es la hora de tener que ceder; la sabiduría se pliega ante el ímpetu de la juventud, un “no me gusta pero no tengo más remedio porque no te quiero perder”, celos y miedos expresados en apenas dos minutos titulados “Ah! Melody”, con una mezcla prodigiosa de instrumentos de cuerda eléctrica y clásica, de batería y de vientos. Ah! Melody! Une maladie… (¡Ah Melody! Una enfermedad/Una locura…)


¡Ah! melody
(serge gainsbourg)




¡ah! melody
me habrás hecho hacer
cosas estúpidas
arre, arre y so
a caballillo en mi espalda
¡oh! melody
no sabes lo que es el amor
tú me lo dijiste
pero, ¿es todo lo que dices verdad?

¡ah! melody
me habrás hecho hacer
cosas estúpidas
arre, arre y so
a caballito en mi espalda
¡oh! melody
si me mentiste haré
una locura
no sé lo que te haré


El clímax aparece, el momento en el que amor físico y espiritual se unen, llega el momento del encuentro carnal en “L'Hotel Particulier”, en medio de un secretismo cuasi mágico del camino que lleva a la habitación llamada “La Cleopatra” una suite llena de obras de arte que ayuda a hacer comparaciones artísticas, un lugar donde se culminará otra, una creación carnal que atraparía para siempre al pobre Serge. Una habitación llena de afroditas y salomés… ¡Qué casualidad! ¿Verdad? Un lugar lleno de diosas del amor y de mujeres por las que pierdes la cabeza y te la olvidas en bandejas de plata...
De nuevo se nos presenta un movimiento largo de esta ópera, cargado de diálogos instrumentales que marcan subidas, bajadas, profundizaciones, pasiones, cansancio y éxtasis del encuentro. Una canción preciosa, tanto como la propia Melody Nelson, en la que la música se une tan bien a los Melody, Melody... que te hacen creer que uno mismo está viviendo la escena, en aquella cama negra enorme con cuatro columnas y dos corazones susurrando sus latidos, compartiendo la intriga de lo desconocido, rompiendo el miedo...


el hotel particular
(serge gainsbourg)






en la cincuenta y seis, siete, ocho, no importa
en la calle x, si llamas a la puerta,
primero un golpe, después tres más, te dejarán entrar
solc, incluso a veces acompañadc
una sirvienta que no te habla, te lleva
escaleras, pasillos sin fin que siguen unos a otros,
decorada con bronces barrocos y ángeles dorados
con afroditas y salomés.
si está libre, di que quieres la cuarenta y cuatro
la habitación que llaman 'cleopatra'
donde las columnas de la cama de estilo rococó
son negros que portan antorchas
entre esos esclavos tallados en ébano
que serán testigos silenciosos de esta escena:
mientras nos reflejamos en un espejo
lentamente, abrazo a melody


La sensualidad deja paso a un interludio de músicas locas, de risas de cosquillas físicas, de pérdida de castidad y de petición de más, de curiosidad por lo nuevo, del deseo casi incontrolado que acaba con una frase que marca: Le pilote automatique aux comandes / De l'appareil fit une erreur fatale à Melody (el piloto automático al mando del aparato tuvo un error garrafal para Melody).
Es la hora de la despedida, se acabó, llega el momento de aceptar que en “En Melody” la niña de sus ojos se marcha en un 707, un avión de carga con piloto automático que bien podría ser la metáfora de la búsqueda de un amor normal, sin tristezas, ni obsesiones, ni mentiras, ni carencias afectivas, ni asuntos que no se pueden entender, sin turbulencias al fin y al cabo… la búsqueda de la felicidad habitual y del alejamiento del riesgo de vivir al límite. Algo premonitorio de la tragedia que se siente venir por el aire.


en melody
(serge gainsbourg - serge gainsbourg/jean – claude vannier)



melody quería volver a ver el cielo de sunderland
cogió el setecientos siete, el avión cargo nocturno
pero el piloto automático al mando
del aparato tuvo un error garrafal para melody



Despega “Cargo Culte”, el último tema, son otros siete minutos mágicos, largos de lamentos por la pérdida irreparable, por la falta de Melody que hace de su vida un imposible, un aceptar que nunca más podrá hablarla, ni tocarla y que nunca podrá decirle que algo ha salido gracias a la inspiración que ella le ha dado. La historia se cierra, Serge vuelve a conducir su Rolls y recuerda a su Melody en una canción idéntica en ocasiones al primer tema del disco.
El “culto al cargo” era un conjuro que los papúes hacían para que los aviones que sobrevolaban la jungla cayesen y así saquear su carga, así el avión en el que mademoiselle Nelson vuela se estrella en medio de la selva de Nueva Guinea, y a él no le queda más que la espera de una muerte que le lleve a encontrarse con ella en una vida sin problemas terrenales, una vida con una falta de gravedad como la que hay en las estrellas, leve al fin y al cabo: “Où es-tu Melody et ton corps disloqué” (¿Dónde estás, Melody, dónde está tu cuerpo dislocado?) […] “N'ayant plus rien à perdre ni Dieu en qui croire” (no puedo perder más, ni ya tengo Dios en quien creer).
La música se hace más metálica, las guitarras y la percusión te hacen escuchar la mezcla del sonido de los motores, el tam tam de la tribu, el traqueteo de la carga que se mueve dentro de la panza del avión; los coros, inmensos y sobre naturales, son los cantos de las sirenas africanas que llaman a una aeronave que cae a sus pies en picado y que lleva a Melody a la muerte. El sonido se convierte en requiémico, se le va, se le muere su amor y en su mente aparece la escena de la primera vez que hablaron:


Tu t'appelles comment?
Melody
Melody comment?
Melody Nelson



Esta es probablemente la mejor interpretación vocal del disco, tristeza con susurro de nicotina, declamación de versos y una historia que se acaba con una separación definitiva.



culto al cargo
(serge gainsbourg)




sé de los hechiceros que llaman a los aviones
en la jungla de nueva guinea
examinan el cenit, codiciosos de las guineas
que el pillaje de mercancías les trae
en un mar de coral en la estela
de esta nave, esas criaturas no faltas
de razón esos papuanos esperan las nubes
el accidente del viscount y del comet
y como su tótem nunca ha podido abatir
a sus pies ni un boeing ni siquiera un d.c. cuatro
sueñan con secuestros y accidentes de aves
esos ingenuos caza-naufragios armados con cerbatanas
que hacen sacrificios al culto de cargo
lanzando dardos hacia el azul del cielo
¿dónde estás melody y donde tu cuerpo dislocado?
¿estará refugiándose donde viven las sirenas?
¿o bien amarrado al avión cargo, cuya sirena
se ha hecho silenciosa? ¿estarás
a la deriva en las corrientes. ¿has tocado ya
esos brillantes corales de las costas de guinea
donde aquellos brujos indígenas actúan en vano
todavía esperan aviones accidentados
sin tener nada que perder ni un dios en quien creer
para que ellos me den un amor insignificante
yo, igual que ellos, recé a los aviones cargo de la noche
y me aferro a una esperanza de un desastre
aéreo que me traiga de nuevo a mi melody
menor desviada de la atracción de los astros



La grabación del LP fue un misterio, se trabajó entre Londres y París en 1970, y se editó en 1971, Serge Gainsbourg tocó guitarra, el piano y cantó pero a la vez hizo gala de sus magnificas capacidades de narrador, hay temas en los que habla dramatizando, en los que susurra su poesía; Jean-Claude Vannier se encargó de la dirección orquestal y de los arreglos, Jane Birkin añadió sus risas, jadeos y unos sensualísimos “Melody” y “Melody Nelson” y en él colaboró un misterioso cuarteto de músicos de sesión ingleses de los que no se tuvo noticia hasta que Vannier hizo público sus nombres en una interpretación en directo de este disco en octubre de 2006: Dougie Wright, Big Jim Sullivan, Herbie Flowers y Vic Flick que tocaron en aquel concierto también.
La promoción no debió ser nada fácil, sobre todo si tenemos en mente que fue un LP que Serge hizo para si mismo, una historia demasiado hermética e íntima, un vinilo lleno de vivencias privadas que uno puede adivinar, pero de las que en el fondo no sabes nada. El propio estilo musical difiere por completo de lo que estaba en boga en la época, hay orquestación en un disco completo, algo nada común a principios de los años 70, un reflejo musical del caos y del orden de la vida de Serge, Melody Nelson rezuma un ambiente musical que se puede cortar con un cuchillo: narcótico, sugerente, de oscuridad sexual, de amor infantil… canciones con estructuras tan complejas que el disco podría tener perfectamente un solo corte, por lo que el promocionarlo debió ser un imposible ya que extraer un single para radios por motivos obvios no se podía hacer.
Algún día os haréis mayores y entonces escucharéis y descubriréis este disco, pero ojalá, ojalá, no lo entendáis nunca.


Monsieur Bleu

Tuesday, July 17, 2007

Comportamientos extraños

Desde Texas me llega este texto tan personal. Gracias María Rosita.
Mr. Blue

Mi cabeza punza de tantos recuerdos encontrados, buenos y malos, quisiera no me perturbaran más y con esto poder descansar de ellos, al igual encontrar explicación a ciertos comportamientos de los cuales buscaba una respuesta.
Mi niñez guarda mucha amargura, pero también momentos de felicidad que me sostuvieron y me dieron fuerza para afrontar momentos difíciles. Cuando tenia entre cinco y ocho años me gustaba jugar a ser mamá imaginando que mis muñecos eran mis hijos, me visualizaba sola con ellos y me las tenía que arreglar para salir adelante como madre soltera. Ahora me explico porque lo hacía, veía el ejemplo de mi madre y ahora en mi vida adulta lo estoy llevando a cabo.
Pretendía hacerme responsable con mis muñecos algo que lo puse en practica un año después con mis hermanos cuando mi madre decido venir a los Estados Unidos. En la ausencia de ella sus responsabilidades las tome yo deje de ser niña y pase a ser madre de mis hermanos, mis deberes eran tener la casa limpia, lavar la ropa y no en lavadora era a mano como se usaba en esos tiempos, tener la ropa planchada y lustrar los zapatos, por la mañana me encargaba de vestir al más pequeño de mis hermanos y ponerlo presentable para el día de escuela.
Extrañaba a mi madre a pesar de los maltratos físicos y verbales que sufríamos a su lado, aquello era mejor que sentirme sola y arrimada.
Para sentir un poco de ella y buscar recuerdos sostenía su ropa y la olía por largos ratos para que el olor me acogiera en recuerdos. Ahora entiendo mi gusto de oler a las personas queridas, con esto guardo su olor para mis recuerdos.
Me la pasaba vagando no tenia a nadie a quien le importara, así que podía hacer y deshacer sin que nadie me digiera nada. Siempre fui una niña buena no me gustaba meterme en problemas, vivía el trauma de haber convivido con una persona muy agresiva y mejor optaba por no tener más agresión de nadie hacia mi persona. Me guié en desahogar mi soledad en el dibujo, cuando entré a la secundaria me inscribí en el taller de dibujo técnico uno de los talleres más difíciles por la matemática y precisión de los trazos, me enorgullecía cuando llegaban la calificaciones siempre era un diez en esa materia, me la pasaba horas y horas elaborando esas láminas de las cuales otros compañeros terminaban frustrándose, pero para mi eran un desahogo en la soledad de no tener una familia como los demás.
Esta es una página más de mi vida y con esto comprendo comportamientos de mi presente.
María Rosita Martínez

Friday, July 13, 2007

Pan y Circo

Odio el fútbol, algo que comenzó como deporte se ha acabado convirtiendo en un engañabobos sustituto de cualquier espíritu crítico; el fútbol es un ya un ente en sí mismo en el que veintidós personas persiguen a un balón que normalmente tiene más capacidad intelectual que todos ellos juntos.
Las camisetas se sudan, se sangran, se muere por ellas y los seguidores pagan pastones por un trozo de tela acrílica que te hace sudar aunque no te muevas; la ceremonia del partido en el campo conlleva el insulto, el nerviosismo, la alegría, la preocupación, el bocadillo del descanso, las pipas, la lata de refresco aderezada con una botellita en miniatura metida de estrangis en el estadio…
En casa miramos el altar del televisor desde el sofá, la cerveza, la pizza que pides para el descanso y que llega mediada la segunda parte, el cabreo, el grito de gol, el insulto al árbitro, los comentarios del Poli Rincón en el Carrusel Deportivo del tipo: "El balón es el único que no se cansa", "Hay que ir a degüello, ¡¡¡A degüello!!!", "Los diez primeros quince minutos" , "Esto es más aburrío que bailar con tu hermana...", "Hay que atacar por las dos bandas, sobre todo por la izquierda y la derecha", "Se ve borroso pero está clarísimo", "Es uno de los mejores madrices que yo he visto", "En el segundo tiempo esto va a cambiar, ya te digo si va a cambiar: Los de azul se pondrán en un lado y los blancos en el otro" ...
En el bar siempre tienes un cierto resquemor a que el resto del local sea del equipo contrario lo que te hace guardar silencio inicial hasta que ves que el porcentaje de seguidores de tu club te hace sentirte protegido.
El lunes en el trabajo las risas de tus compañeros que te preguntan: “Y el Atleti ¿Qué? Otra vez campeón de Europa, ¿No?”
Adoro al Atleti, fichajes millonarios que acaban echándose a perder por lesiones incomprensibles, estrellas de medio pelo que acaban sacados ebrios del Joy Eslava por directivos que terminan por contar la anécdota en la radio. Entrenadores que vienen y van, y van y vienen, a los que se cambia hasta en cuatro ocasiones en una temporada, proyectos inacabados y plantillas hechas de retales… el equipo que siempre pierde, hasta en las chapas. La victoria sabe tan bien cuando el Atleti gana… eso es algo que el seguidor de un equipo normal no puede comprender; para un colchonero (tiene tela el nombrecito ¿Eh?) una liga es como un cometa, tienes suerte si puedes ver tres en tu vida, y yo ya he visto una. Podré contarle a los hijos de mi hermana que vi como el Atleti ganaba la Copa del Rey y la liga en el mismo año, como si el Halley se hubiese cruzado con el Hale-Bopp la misma noche y uno hubiese estado allí de pura casualidad mirando al cielo con un telescopio sin ni siquera saberlo.
Un equipo que ha sobrevivido a las gestiones del doctor Cabeza y de Jesús Gil, que ha tenido a un cantante como portero, a Kiko Narváez, y al mismísimo y grandísimo Mick Jagger del fútbol: Paolo Futre, un luchador que se fumaba dos paquetes de Winston al día; el equipo que vio nacer como futbolista a Raúl, sí el tipo que escribe libros pero no lee… El Atlético de Madrid.
Jugaste a la bola, jugaste al balón
y en el primer tiempo marcáronte un gol…
Sandalio Rodríguez

Wednesday, July 04, 2007

Jugamos como nunca, perdimos como siempre...

"Recuerdo aquella tarde perfectamente, tres golazos no se olvidan así como así- aquel número 9 hizo maravillas en un campo embarrado y con dos de los mejores defensas de la liga… se llamaba Hassan Maher y dicen que era un gran piloto de cazas.
Al final, todos aplaudimos y el nos brindó una de sus pocas sonrisas, ya que era famoso por su timidez. El primero fue de cabeza en un corner… elevándose por encima de todos y con una pelota picada al suelo. En el segundo se fue de cuatro jugadores y le hizo una vaselina al portero pero el tercero… hizo una chilena desde la media luna del área grande y entró por toda la escuadra, fue precioso… Hassan era todo un campeón.”
Una crónica deportiva remota de Javier Morales y sus Ecos de Sociedad para The Constant Sorrower.

Muchas gracias, Doctor X.

Friday, June 15, 2007

La vida hace extraños compañeros de viaje

Sábado 09/06/07
Sólo los buenos ingenieros son capaces de hacer que un proyecto que se apoyaba en cuatro pilares acabe descansando exclusivamente sobre dos y que además tenga un aspecto estupendo.
El sábado salimos de Houston a las 8.00 AM Joaquín y servidor, servidor con dos horas de sueño, llegué a casa y la encontré vacía. Estuve en la piscina compartiendo compañía, volví a casa a las 5.00AM y la casa seguí vacía… vacío, vacío, vacío.
De camino hicimos la primera foto al lado de una señal de trafico que decía: “No recoja autostopistas – Prisión cercana”, ya empezamos con las risas, esas mismas que nos llevaron a un chiste un poco privado: la hora del Ángelus particular de Quinín y de este que escribe es a las 12.00 PM, claro, pero santificamos las fiestas con una cerveza y picando algo. De esta cabeza de cantamañanas salió algo así:
“Quinín, esta hora del Ángelus va a ser como si te pasase en el Vaticano...”, las risas inundaron el Mercury del gallego que replicó: “Sí, es como si fueras caminando por Via Della Conziliacione y te acercas a rezarla a la Plaza de San Pedro…” todo esto porque el plan que teníamos era visitar Shiner, un pueblo entre Houston y San Antonio donde está la fábrica de cervezas con el mismo nombre, nuestro vaticano particular en esta ocasión.
Conduciendo, conduciendo, conduciendo llegamos a un pueblo llamado East Bernard, donde Quinín hizo unas fotos magnificas a edificios, ruedas viejas, vías de tren, carteles de coña, personas resacosas con sombrero de vaquero barato...
Llegamos, el plazo era llegar a vaticano cervecero a las 11:00 y a las 11:02 estábamos entrando por la puerta de la tienda de souvenirs de la fabrica, que estaba cerrada al publico sábados y domingos, igual que la oficina de información al turista, merde!
Charlamos con la mujer que atendía la tienda y que además da muestras gratuitas (cuatro por persona) de los diferentes tipos de birra que fabrica Shiner, fotos por doquier hasta detrás de la barra, vimos el video de fabricación y nos reímos por esa costumbre tan elegante y distinguida de encontrar parecidos a la gente. Un tipo que entró era la viva imagen de Art Garfunkel, Quinín se descojonaba, la cerveza hacía su efecto, la mujer de la tienda estaba encantada con nuestra conversación y yo le pregunté por un viejo proyecto de viaje el año pasado, el pueblo de Gonzales.
Tras la bebida llegaron las fotos en los alrededores de la fábrica, aquello era como los trofeos de caza que un dentista de fama tiene en el salón de su casa, más risas... y después hambre, mucha, así que paramos en el restaurante “Country Corner Café” donde había un tipo con una pierna de plástico, un tren eléctrico que recorría todo el local a la altura del techo, clientela muy agradable de ver, camareras aún más... nos gustó el sitio. Dios no me dio una cara agradable de mirar, ni una nariz de Apolo pero en su lugar me dio un acento particular cuando hablo en inglés, que se hace muy curiosa al oído, y que abre y cierra muchas puertas. Comimos Tex Mex, devoramos debería decir, y le pregunté a la camarera que se podía hacer en Shiner además de ver la cervecera, poco más, muy poco más. Un cliente nos habló de la Iglesia que ya estaba en nuestros planes y del picnic que se iba a celebrar el domingo. Encontramos el templo, Iglesia de los Santos Cirilo y Metodio, una preciosidad con vidireras importadas de Bavaria, esta zona la poblaron muchos emigrantes de Chequia, Austria y ciertas partes de Alemania y se ve en muchas cosas. El templo era nuestro, pudimos ver hasta los confesionarios, se estaba tan a gusto... allí no había nadie y teníamos tanto cansancio... intenté convencer a Quinín de lo bueno que sería quedarnos en la Iglesia a descansar, pero él es un tipo temeroso de la Ley de Dios y comenzó a reírse y a hablar en un idioma extraño como si estuviese lleno de mosto.

Supongo que algún día leerás esto, Joaquín:
1. Uno no duerme siesta en una iglesia, sólo cierra los ojos y deja que Dios le hable en sueños.
2. El Dios castigador era el judío que además nació en la Alpujarra y ya ha descargado en mí su ira primero, y su indiferencia después.
3. A los invitados de la boda no les hubiera importado encontrarnos allí dejando que Dios nos hablase, ellos hubieran sabido que no dormíamos sino que comunicábamos.
4. En el caso remotísimo de que les hubiese importado no hubiera pasado nada, ni la policía, ni los GEO, ni el ejército ni nada excepto el Dios alpujarrense nos puede hacer salir de una iglesia.
(y) 5. No nos hubiéramos despertado estirándonos o bostezando justo en el momento del “Yes, I do.”
Nunca te perdonaré esto, nunca.

Dimos el último paseo, sacamos fotos a un cañón, y nos marchamos en dirección a Gonzales, el pueblo en el que mi pasado se iba a encontrar con mi presente por última vez con el maletero cargado de sueño. Las millas se hacían largas, por fin llegamos y buscando una gasolinera dimos con hoteles y con el centro del pueblo, precioso a la norteamericana.
Cogimos habitación en un hotel y dormí profundamente durante tres horas como hacía mucho tiempo que no pasaba pero me levanté peor porque estuve llevando una caraja inmensa en mi espalda el resto del día.
Regresamos al centro del pueblo y vimos la plaza, la luz se estaba yendo pero al fotógrafo le dio tiempo a sacar algunas de postal... Tras las fotos unas bebidas, ya sabéis, un par de cervezas nunca hicieron daño a nadie. El único bar de las cercanías era el Long Ranch Salon con ambiente de good ol’ country people, es decir: dos borrachos, el tonto del pueblo, dos parejas, la dueña del local y una camarera de pelo rubio, I like this bar...
Un borracho se nos acercó y habló sobre lo bueno de los bares viejos e insistía en llevarnos a uno que se estaba cayendo a pedazos y en el que no se podían sacar fotos, estaba más bebido que yo, así que declinamos su invitación y preguntamos a la camarera donde ver gente más joven. Nos escribió como llegar y nos dejó un número de teléfono al final del papel, el bar estaba en una carretera que estaba apartada de pueblo, antes de dirigirnos allí cenamos en un Whataburguer, lugar que nos trajo a la cabeza viejas historias de atracos y algunas bromas al respecto. No lo conseguimos, no hubo forma de dar con el Boomer Sports Bar, nos hicimos la carretera cuatro veces y no dimos con él. Decidimos regresar al Long Ranch Salon, ya sabéis un par de cervezas nunca hicieron mal a nadie, y desde allí a la cama, pero antes nos dio tiempo a reírnos un rato con el capítulo de la Biblia favorito de Quinín, las leyes del Deuteronomio:

1 No entrará en la congregación de Jehová el que tenga magullados los testículos, o amputado su miembro viril.
2 No entrará bastardo en la congregación de Jehová; ni hasta la décima generación no entrarán en la congregación de Jehová.
3 No entrará amonita ni moabita en la congregación de Jehová, ni hasta la décima generación de ellos; no entrarán en la congregación de Jehová para siempre,
23:17 No haya ramera de entre las hijas de Israel, ni haya sodomita de entre los hijos de Israel.
23:18 No traerás la paga de una ramera ni el precio de un perro a la casa de Jehová tu Dios por ningún voto; porque abominación es a Jehová tu Dios tanto lo uno como lo otro.
Risas y sueño, sueños y risas, como en los viejos tiempos pero con otra persona.

Domingo 10/06/07
Amaneció en Quininland a las 6.30 y en Monsieurbleulandie a las 7.30 con este verso en la cabeza: “Barras de bar vertederos de amor”.
Desayuno, ducha y de camino a la ruta de casas monumentales de Gonzales, primero pasamos al interior de una iglesia presbiteriana, se acercaron a nosotros porque éramos nuevos y nos preguntaron si nos acabábamos de cambiar a vivir a la ciudad. ¿Mujeres sacerdotes? Creo que nos hemos equivocado de Iglesia, Joaquín, y salimos de allí.
En Gonzales, el pueblo más antiguo de Texas, hay ochenta y ocho edificios que ver (http://www.gonzalestexas.com/visitor/tours_historicoverview.asp) , hay unos bed and breakfasts muy estilosos en el centro del pueblo y casas de menos de doscientos años que merecen la pena. La estrella de la parte de la ruta que pudimos hacer fue la casa de WB Houston (http://www.gonzalestexas.com/visitor/tours/tours/HistoricDriveZoom.asp?site=The+W.B.+Houston+House&pict=wbhouston1021.jpg). Un palacete de cuento de hadas en color azul celeste de ese que me gusta, tiene hasta un torreón con terraza en el que desayunar fresas y vino de Asti, una preciosidad que nunca verás, o quizá sí. También dimos con una gasolinera antigua y hubo sesión fotográfica de nuevo.
El calor apretaba de lo lindo, así que salimos hacia Yoakum, un pueblo a veinticinco millas al SE, otro muy bonito pero sin nadie en la calle, el calor era sofocante. Volvimos a Shiner a buscar “refresco”, había picnic en la Iglesia de Cirilo y Metodio, llegamos y allí no había ni Dios… entré en la Iglesia y vi que la fiesta era en un pueblo cercano, Halletsville. En él comimos en un restaurante que servía barbacoa y en el que había un jersey azul, de ese que me gusta a mí, que servía mesas y alegraba la vista a los comensales. Allí además de comer muy bien nos informaron de donde encontrar el campo de la fiesta.
La iglesia de Santa Ana es la iglesia rural más antigua de Texas, data de 1840, lo que nos encontramos era una autentica verbena tejana, “mujeres jugando al bingo por 25 centavos el cartón para ganar latas de refresco y termos de puto plástico mientras sus maridos se ponen de cerveza hasta arriba viendo la subasta de objetos donados para la ocasión” como muy bien definió Quinín. Amenizando una banda de polka que aburría a las ovejas y que entre tema y tema bebían Gatorade, incluso hicieron una versión de ‘Folson Prison Blues’, el gatorade se sube mucho…
Salimos de allí como alma adormilada que lleva el demonio en dirección a Moulton un pueblo en el que nos encontramos más de lo mismo, edificios antiguos y nadie en la calle. Unas fotos, un camión Peterbuilt aparcado y de camino a un pueblo para coger la I10 en dirección a Houston, el camión de Torcuato.
Flatonia, que como dice el gallego tiene nombre de una república de película de Woody Allen. No había mucho que ver, en un DQ paramos a tomar un helado llamado Blizzard que tiene como particularidad que antes de dártelo le dan la vuelta al vaso para que compruebes que no se caen… cosas de este país. Yo ya había estado en Flatonia, no recuerdo bien cuando pero creo que fue con Torcuato y además en aquel mismo DQ. No tuve un dejavu como tal, es que había estado allí antes en esta vida, seguro…
Llegamos a Houston, hice una lavadora, puse orden en la casa, cerré los puños y me cagué en muchas cosas varias veces, y puse orden en mis prioridades por primera vez en dos años.
La cosa no acabó aquí, a la noche nos tocaron los bares de downtown, ya sabéis, un par de cervezas nunca hicieron daño a nadie, y tuve una de las noches más divertidas, de esas de felicidad de bar, que recuerdo en mucho tiempo. “Barras de bar, vertederos de amor..., os enseñé mi trocito peor…”
Mr. Blue

http://picasaweb.google.com/deputydude/ShinerGonzales9100607


"¡Hostia... Me ha tocado!"

La vida es una tómbola, qué frase tan manida… uno compra boletos de esperanza, juega al siete de espadas, al as de oros, otros a la sota de bastos y algunos al rey de copas.
Luz y color, las bombillas destellantes de la tómbola te llaman, la música verbenera te anima, el tipo del micrófono da su mejor discurso para que la gente se sienta atraída y compre los números: “Tómbola Linares, tómbola Linares, siempre toca algo en la tómbola Linares…”
Todo te gusta, la bicicleta, el jamón, el cuchillo de caza “Made In China”, la botella de sidra el Gaitero, la gorra de marinero, el equipo de música marca Sonya… todos buscamos y encontramos lo que necesitamos, pero el juicio final siempre lo preside el honorable juez Sr. Azar. Gira la ruleta, una mano inocente saca una carta, rompe un sobre o una luz se para en un número, sus sentencias son inapelables, el Magistrado es además el presidente del Consejo General del Poder Judicial, por debajo quedan jurisdicciones de Ley Divina, o Tribunal Supremo, el Tribunal Superior de Malafortuna, la Audiencia Provincial del Lamento, los Juzgados de Instrucción de la Avaricia o los de Primera Instancia del Deseo.
Juegas a tu número, nunca toca, compras otro, te empeñas en el corazón de oro y porcelana fina pero te toca la botella miniatura de anís del Mono; compras otro número, a alguien cercano le toca la bicicleta, el tipo se la va llevando mientras le dice a su mujer con una alegría inmensa: “¡Joder, qué suerte! La ilusión que le va a hacer al Borjita.” Y su mujer va pensando: “A ver qué hacemos ahora con esto, se me jodió el baile esta noche…"
Una más, juego sólo un número mas, necesito ese corazón de oro”, uno se empeña y gira la ruleta, una mano inocente saca una carta, rompe un sobre o una luz se para en un número...
“¡El as de espadas!” grita el chico de la tómbola, compruebas tu carta y es el dos de oros, “¡Mierda!”. Lo mejor llega cuando, después de la decepción inicial, tu compañero de verbena se da cuenta de que tiene el as de espadas: “¡Ostia… me ha tocado!” y después mira la tuya y te dice que tú también tienes premio, el dos de oros. “Te ha tocado algo a ti también, joder” y compruebas que has ganado el tercer premio, una botella de güisqui, entonces piensas: “Dios, no…” y allí estas con tu DYC en la mano y tu compañero de verbena con el corazón de oro en la palma de la suya, él, que no quería jugar, y entonces te viene a la mente la sorna de un gallego que te dice riendo: “Ben, home; nunca choveu, que no escampara…” y en ese momento te quieres morir; pero además te das cuenta de que tenías una carta que había sacado el primer premio justo cuando estabas distraído mirando a alguien disparar balines en la caseta de tiro al blanco, y entonces te quieres morir más. La vida es una tómbola...
Fortunato Gracia

Tuesday, June 12, 2007

La puerta negra

ya está cerrada, con tres candados,
y remachada la puerta negra,
porque tus padres están celosos
y tienen miedo que yo te quiera.
han de pensar que estando encerrada,
vas a dejar pronto de quererme,
pero la puerta ni cien candados,
van a poder a mi detenerme.
pero la puerta no es la culpable,
que tú por dentro estás llorando,
tú a mí me quieres y yo te quiero,
la puerta negra sale sobrando.
diles por ahí a tu padre y madre,
que si ellos nunca el amor gozaron,
y si se amaban también la puerta,
la puerta negra, se la cerraron.
pero la puerta no es la culpable,
que tú por dentro estés llorando,
tú a mí me quieres y yo te quiero,
la puerta negra sale sobrando.

Wednesday, June 06, 2007

Garras humanas

Me encantaba "La Bola de Cristal", tanto que no iba al parque de Berlín a jugar al fútbol con los otros niños del colegio y pasaba la mañana de los Sábados viendo la tele. Dentro de aquel programa había una sección, La Cuarta Parte, que presentaba Javier Gurruchaga cuando todavía impactaba y era creativo. Salían tantas cosas que me interesaban aunque no las entendiese... A veces me pregunto que habría significado aquel programa si lo viese ahora, teniendo en cuenta todo lo que he ido aprendiendo en el camino.
La otra noche soñé con esta canción, creedme, las letras se pasaron por mi cabeza y no recordaba que me gustase tanto como para saber la canción entera. El caso es que después buscando en el cofre del tesoro youtube me encontré con el video y me puse a pensar en que lo que realmente hizo Gurruchaga fue una canción basada en la película "The Unknown" (Garras Humanas).
Voy a destripar la película así que os dejo el video y justo después viene la sinopsis del film de Tod Browning.


Alonzo es la estrella del circo gitano Zanzi, es la maravilla sin brazos que es capaz de lanzar cuchillos con los pies a la atractiva Nanon, la hija de Zanzi, el dueño. Pero él no es quien dice ser, en realidad es un ladrón que tiene los brazos escondidos y que además tiene una particularidad, dos pulgares en una mano. Lo mantiene en secreto, un secreto que comparte con su ayudante Cojo, un enano que le ata los brazos en la espalda con un corsé cada mañana.
Nanon tiene pánico a los hombres, en concreto tiene un odio irracional a que un hombre la toque con sus manos, por ese motivo sólo se siente bien con el hombre sin brazos, Alonzo, y por ello el forzudo del circo, Malabar, que la ronda, le parece un ser repugnante.
Llega lo inevitable, una noche Alonzo discute con el dueño, Zanzi, que no quiere que su hija esté con un tullido, el hombre sin brazos no puede soportarlo más y le aprieta el cuello hasta que lo ahoga, Zanon llega justo a tiempo para ver una mano con dos pulgares. Al morir el dueño la gente del circo se marcha pero Alonzo se queda para cuidar a Nanon, llegan a tener una relación tan estrecha que decide pedirle que se case con él, sin pensar que en la noche de bodas ella se dará cuenta de tiene brazos. Es el propio Cojo el que tiene que sacar al ladrón de su ignorancia.
Alonzo llega a la conclusión de que Nanon es más importante que sus brazos y busca a un ex-convicto que ahora es un brillante cirujano para que se los ampute, Alonzo lo chantajea y le dice que lo delatará si no le hace la operación. Así ocurre y en su convalecencia Nanon empieza a sentirse más cercana a Malabar que, de forma muy inteligente, mantiene sus manos lejos de la piel de la bella gitana. La casualidad hace que un día ella resbale y Malabar, de forma natural, la sujete y en ese puto momento ella se da cuenta de que todos sus miedos no tenían fundamento, Malabar se declara y ella acepta su proposición de matrimonio pero quiere que Alonzo asista a la boda, ignorante de lo que en realidad le había pasado al hombre sin brazos. A su regreso Alonzo se encuentra con la imagen terrible de Nanon en brazos de Malabar lo que le lleva a tener un ataque de celos que se acaba convirtiendo en locura.
Malabar prepara un nuevo número en el que tiene que detener unos caballos atados a sus brazos y que hacen girar una especie de rueda de molino, en la noche de la premiere Alonzo engaña al ayudante de Malabar para que abandone el escenario y en lo más álgido de la función hace algo para que la rueda arranque los brazos del forzudo. Nanon se da cuenta de lo que ocurre y se pone delante de los cuadrúpedos para que paren y así detener la rueda del molino aún a pesar de que le va a costar la vida. Alonzo lo ve, se lanza a ella, la empuja para apartarla del camino de los desbocados y muere aplastado por los cascos de los caballos.
Mr. Blue

El gigante que quiso ser grande

Carlos:
Te envio una copia de una historia que hace algun tiempo lei en El Pais. Ayer estaba pensando en el tipo de gente que aparece por tu blog, y me acordé de la historia de este hombre, que podía ser lo que no fue y ahora es un inválido con todos los sueños rotos, se ajusta al perfil de tus insólito-solitarios ("insolitarios") personajes. Que lo disfrutes.
Kurotora



El gigante que quiso ser grande

Leila Guerriero 18/02/2007 (El Pais, 18/02/2007)
Es alto, muy alto. Un hombre de 2,31 metros. El argentino Jorge González debe a esa altura su suerte, aunque también su desgracia. Ha sido jugador de baloncesto. Fue estrella de la lucha libre, rodó series de televisión. Ahora es un juguete roto y enfermo.
No. Ésta no es una tierra extraordinaria. La provincia de Formosa, en el noreste argentino, es una planicie sin elevaciones con una vegetación que fluctúa entre el verde discreto de las zonas húmedas y los campos agrios de la sequía. No hay lagos ni montañas ni cascadas ni animales fabulosos. Apenas el calor del trópico mezclado con el polvo en una de las regiones más pobres del país. Y sin embargo, allí un pueblo de nombre El Colorado –donde 17.000 personas viven del trabajo en la Administración pública y la cosecha del algodón– tiene, entre todas sus criaturas, a una criatura extraordinaria: El Colorado es la tierra del gigante.
Son las dos de la tarde de un día de noviembre. Las calles del pueblo se revuelven a 43 grados de calor y en el hotel Jorgito una mujer joven, de andar cansado, dice pase, le muestro su cuarto. Los cuartos son así: cama, el baño. Cuando la mujer se va suena el teléfono y una voz honda –la excrecencia del eco de una catedral o de una bóveda– dice:
–Al fin. Ahora estás en mi territorio.
Desde su casa, a cinco cuadras del mejor hotel del pueblo, Jorge González, el gigante, se ríe.
Un resumen diría lo que sigue: que Jorge González nació el 31 de enero de 1966 en El Colorado, hijo del matrimonio de Mercedes y Felipe, ama de casa ella, empleado de la construcción él, y que vivió con esa familia compartiendo lo poco que compartir se podía: un cuarto con sus hermanos (Plácida, Zunilda, Ricardo, Omar) y apenas la comida. Diría también que después de iniciarse a los nueve años en trabajos de los brutos –cosechar algodón, desmontar monte cerrado– a los 16 le propusieron integrar un equipo de baloncesto en un club de la vecina provincia de Chaco y él dijo sí. Que jugó en la selección argentina, fue elegido en el draft de la NBA, devino estrella de la lucha libre, viajó por treinta países, participó en la serie Los vigilantes de la playa, y que hoy vive en el pueblo que lo vio nacer sin poder caminar, solo y diabético. Y diría también que todo eso le sucedió a Jorge González por ser una criatura extraordinaria de dos metros y treinta y un centímetros de alto –un gigante–, y que a eso –a esa altura– le debe toda su suerte. Le debe toda su desgracia.
El aire está asediado por una tormenta líquida que durará tres días con sus noches, pero por la calle de Salta –de tierra, a cinco cuadras del centro– todavía se puede caminar. El barrio es humilde, y allí, bajo la galería de una casa, junto a una camioneta Ford Bronco roja y vieja, sentado en un enorme sillón de madera, fumando, Jorge González hace lo de todos los días: espera, intenta hacer sus bromas.
–Ya me viniste a molestar. Pasá.
Después se pone de pie y se aferra a la silla de ruedas de construcción casera que usa como andador –negra, de hierro– y queda claro que 2,30 metros es la altura de una casa.
En el living hay un ordenador, fotos de antiguas glorias de la NBA. Hacia el fondo, una cocina sin ventanas, el cuarto de Carlitos –medio hermano de Jorge, de ocho años, hijo del segundo matrimonio de su padre– con un televisor siempre encendido.
Jorge González empezó a construir esta casa el mismo día en que se fue de El Colorado, cuando tenía planes de volver e instalarse aquí con Mercedes, su madre. Ahora, a un lado y otro viven sus hermanos: Omar, de 32 años, empleado de un taller mecánico, y Ricardo, de 33, desocupado, padre de Valentino, un niño de dos.
–Carlitooo.
–Quéee.
–¿Me traés la insulina, papi?
Carlitos aparece con los aplicadores de las 150 unidades de insulina diarias que necesita su hermano mayor. Jorge se levanta la camiseta, apoya un aplicador en la cintura, duda un segundo, aprieta.
–Carlitos vive acá desde que murió mi viejo, en agosto pasado. Sabe que no lo necesito, pero que para quedarse acá tiene que cumplir mis reglas.
–¿Y cuáles son tus reglas?
–No te las voy a decir.
Después asegura que sólo tiene buenos recuerdos de su infancia.
–Cuando uno no es consciente de la miseria, lo pasa bien.
Jorge González creció sabiendo qué cosa eran los lujos: todo lo que él y su familia no podían hacer. Ir al cine, comprar ropa, tomar gaseosas, un helado: “Éramos muy pobres, pero yo tenía un gran alivio cuando llegaba a casa. Mi mamá era todo para mí”.
Empezó a trabajar a los nueve años vendiendo diarios, cosechando algodón, y aunque a los seis parecía de 14 y a los 15 calzaba un 56, nadie –ni él ni su madre ni su padre– vio en eso nada extraño. Hasta la mañana del 21 de septiembre de 1982, cuando –16 años, 2,18 metros– entró a aquel bar y lo vio un viajante que se quedó mudo.
–Me dijo que iba a hablar con los dirigentes del Hindú Club de Resistencia, un club de baloncesto. Dos días después vinieron dos tipos y me preguntaron si quería probarme. Y fui.
–¿Te gustaba el baloncesto?
–Era un trabajo. ¿A quién le gusta su trabajo?
Y así, sin vocación, Jorge se fue.
–Se fue por nosotros –dirá después su hermano Omar–. Si hubiera sido por él, no se habría ido nunca. Pero no pensó en él.
Aquel septiembre, el hijo de Felipe y de Mercedes tuvo una ambición desmesurada: no la de hacerse rico, sino la de salvar a un pequeño grupo de personas: Felipe, Mercedes, Plácida, Zunilda, Ricardo y Omar. Sus padres, sus hermanos.
Llegó al Resistencia con lo puesto –un jean, una camisa– y empezó a aprender las reglas de ese deporte que ignoraba.
La noticia del enorme jugador de aquel club de provincias no tardó en esparcirse. Ese mismo año fue contratado por el Gimnasia y el Esgrima de La Plata, una ciudad a más de mil de kilómetros de su pueblo natal; en 1985 pasó al Sport Club de Cañada de Gómez, y al poco tiempo fue convocado por la selección nacional.
–Empecé a viajar por todo el mundo y en diciembre de 1987 fuimos a España con la selección para jugar el torneo de Navidad. Tuvimos que quedarnos a pasar el 24 de diciembre en Madrid. Fue la mejor Navidad de mi vida. La pasé solo, en el hotel, comida, champán. Por la ventana se veía el paseo de la Castellana, nieve, luces en los árboles…
Y mientras él comía y brindaba y veía la nieve caer, en Estados Unidos un hombre llamado Richard Kane, cazatalentos de los Atlanta Hawks, equipo de baloncesto del emporio de Ted Turner, miraba un vídeo de la selección argentina durante el torneo de Navidad en Madrid y se relamía con eso que no parecía posible: un increíble hombre ágil de 2,30 metros.
Y ése fue el principio del fin.
Es de noche y la calle de Salta es un vórtice oscuro. En el living, Jorge fuma despacio. Sobre la silla negra hay cigarrillos, un mate, sus boquillas.
–Pidamos pizza.
La silla oficiará de mesa para los vasos, la pizza, la gaseosa. Carlitos, sentado a espaldas de su hermano, comerá cinco porciones mirando al suelo. Jorge, ninguna.
–Yo nunca ceno.
–¿Eso es bueno para tu diabetes?
Se encogerá de hombros con desprecio. Mirará la calle, una víscera brillante y resbalosa.
–Nunca va a parar de llover.
Cada año, la NBA realiza su ‘draft’, una selección de jugadores que implica un contrato provisorio con el equipo. Aquella Navidad de 1987, Richard Kane había visto jugar a Jorge González en España y pensado que valía la pena apostar por él. El draft de 1988 se realizó en junio y Jorge quedó seleccionado: tercera ronda, puesto número 54. En enero de 1989 viajó a Atlanta para hacerse pruebas y regresó a Argentina con instrucciones que incluían la de bajar de peso. Si las cumplía, jugaría en la NBA desde la temporada siguiente. Pero Fernando Bastide, su representante durante años, asegura que las posibilidades en la NBA siempre fueron remotas.
–Un año después del viaje de Jorge me llamó Richard Kane y me preguntó por sus condiciones físicas. Le respondí que estaba igual, y me dijo que entonces las posibilidades de la NBA eran remotas, si le interesaba hacer lucha libre en la compañía del grupo Turner. Llamé a Jorge, y él preguntó: “¿Hay plata?”. Le respondí que para saber teníamos que viajar a Atlanta. Ya en el avión me dijo que por lo menos quería 2.000 dólares por mes para terminar su casa en El Colorado. Él no tenía idea de las cantidades.
El contrato está fechado en 1990, entre Jorge González y la WCW (World Championship Wrestling) y promete un pago de 150.000 dólares el primer año, 225.000 dólares el segundo y 350.000 el tercero. Jorge vio esos números, regresó a Buenos Aires, se despidió del baloncesto, volvió a Atlanta y debutó el 20 de mayo de 1990 con un sobrenombre obvio: El Gigante.
–¿Te gustaba la lucha?
–Era un trabajo. ¿A quién le gusta su trabajo?
Empezó a viajar por Estados Unidos a razón de 27 pueblos en 30 días y sin descanso. Tenía chófer, hoteles de cinco estrellas, dicen que mujeres y regresaba cada tanto a El Colorado, portando maletas repletas de ropa para dejarlas allí, en esa casa donde tenía previsto su futuro.
Pero el 9 de febrero de 1992, a los 45 años, Mercedes, su madre, murió por una dolencia cardiaca. Jorge llegó tres días después del entierro.
–Desde ese momento –dice Jorge– me quedé sin planes y no creí más en nada. Mi mamá era todo para mí.
Después de aquella muerte, su padre empezó amores con quien sería madre de Carlitos; sus hermanas se fueron del pueblo, y Omar y Ricardo, los hermanos de 15 y 16, quedaron solos. Jorge se quedó en El Colorado más tiempo del que la compañía le había permitido, y cuando regresó a Estados Unidos se encontró con el contrato rescindido por incumplimiento. Así, como si nunca hubieran existido, los 350.000 dólares por el tercer año de trabajo se desvanecieron en el aire.
La puerta está abierta y la casa exuda un silencio ominoso, amenazante.
–¿Puedo pasar?
–No –retumba la voz calculada: descortés.
La lluvia ha colapsado este pueblo sin cloacas, y el baño de la casa del hombre que estuvo en hoteles de cinco estrellas rebosa humanas inmundicias. Ese día, todo el día, delegaciones de estudiantes se acercarán para preguntar si pueden tomarse fotos, pero él dirá que no, que está ocupado.
–Soy el oso del circo. Vienen a ver al monstruo de 2,30 metros. Mañana vas a tener que venir temprano porque tengo que mirar la carrera de fórmula 1.
Carlitooo… A veces pasa noches así: los pies le arden como si tuviera clavos y se levanta con humores perros. Un Nerón déspota, enloquecido.
Después de la muerte de su madre, la carrera de Jorge no se detuvo. En 1993 firmó contrato con otra compañía de lucha, participó en un capítulo de Los vigilantes de la playa e hizo series como Trueno en el paraíso I y II, en las que fue enemigo del rubio de bigotes Hulk Hoogan. En las fotos de esos años aparece en Florida, musculado, sonriente, junto a un Ferrari o a muchachas en biquini.
–Cuando nos quedamos solos, Jorge empezó a darnos plata –dice su hermano Omar–. Pero nosotros teníamos 15 años, y sin un adulto que nos ponga límites fue un descontrol. Despilfarramos mucho.
Mientras, en Japón y en Florida, en México y en Atlanta, Jorge hacía su trabajo: golpear y dejarse golpear. Fueron tres años de masacre sobre un cuerpo castigado. Porque aunque él dice no saber que era diabético, se retiró de la lucha en 1996 después de una pelea en Japón, asustado por una lipotimia que lo derribó del ring, sus hermanos aseguran que en 1996 hacía cuatro años que Jorge lo sabía.
–Él tuvo un coma diabético en Estados Unidos después de la muerte de mi madre –dice su hermana Zunilda– y desde entonces se empezó a aplicar insulina.
Después de aquella pelea en Japón, Jorge abandonó la lucha para siempre y regresó a su pueblo natal.
–Quería vivir seis meses en Nueva York y seis meses en El Colorado.
Pero jamás volvió a salir de allí.
La camioneta –la Ford Bronco roja, vieja– se desliza bajo la lluvia. Para apretar el acelerador o el freno, Jorge levanta la pierna derecha con la mano y la arroja sobre el pedal. Mientras conduce, señala los negocios pujantes, los que no, los que podrían ser suyos.
–Aquel hijo de puta me debe 600 dólares. Yo podría tener un departamento en Buenos Aires. Pensar que tenía una American Express y trajes carísimos.
Cada tanto, la camioneta se detiene frente a una verdulería, un quiosco, y un verdulero o un quiosquero se acercan y Jorge grita:
–Dos kilos de bananas, cuatro alfajores.
Son las cinco y media de la tarde cuando se detiene frente a una carnicería, y está a punto de abrir la puerta –de bajar a hacer sus compras– cuando se acuerda.
–Ah, no, cierto –dice.
Un hombre con delantal de carnicero se acerca, pregunta qué va a llevar, y Jorge imperturbable dice:
–Un pollo.
En 1996, cuando regresó al pueblo, ningún club de baloncesto mostró interés por un hombre con el cuerpo resentido por la lucha, y un año después, lleno de dolor por un pinzamiento de las vértebras, Jorge viajó a Buenos Aires para hacerse estudios más completos. Y fue allí, en el hospital Italiano, donde escuchó por primera vez el diagnóstico que nunca había sospechado: el de una enfermedad llamada gigantoacromegalia, con una prevalencia de tres personas por millón, producida por el exceso de una hormona de crecimiento llamada IGF-1, cuyos síntomas, además del crecimiento descontrolado del cuerpo, son pérdida de la visión, agrandamiento de las vísceras abdominales y del corazón, impotencia sexual y, claro, diabetes. Para cuando supo que la suya era una enfermedad que debió haberse tratado en la infancia, llevaba dos décadas sacándole provecho al atributo que lo estaba aniquilando, y cuando volvió a su pueblo, las cosas se pusieron peor.
–Un día se me durmió un pie, después el otro, y ya no pude caminar. Es una neuropatía provocada por la hiperglucemia.
Entonces mandó construir esa silla de ruedas negra y chirriante, no volvió a caminar, empezó a vivir de ahorros y a gastar, exactamente, 200 euros al mes.
Hace mucho que la vida se transformó en esto que es: supervivencia.
Son las seis de la tarde y no ha comido nada desde el día anterior.
–Pensé que la mujer de Ricardo me iba a cocinar, pero no pudo. Y no me gustan las cosas recalentadas.
–¿Y Carlitos?
–Él tampoco comió, me quiere acompañar.
Esa noche comprará cinco hamburguesas con huevo, mayonesa, lechuga, tomate, mostaza y ketchup. Comerá dos; Carlitos, tres.
Será una noche rara. Hablará durante horas y, cuando termine, habrá dejado de llover, la calle será una alfombra de insectos bajo la luz lechosa de los faroles, y al día siguiente habrá un sol incendiario. Interminable.
Empezará hablando de sus sueños.
Que una vez soñó con serpientes, dirá. Que soñó que estaba en una cama llena de serpientes y que no podía hacer nada. Y que otra vez soñó que se había muerto y que lo llevaban en su cajón al cementerio. Que recuerda los viajes por Estados Unidos con el chófer y el Cadillac y Willie Nelson en el radiocasete, y que nadie puede acostumbrarse a haber estado así y estar como está él: preso de sí, encerrado. Que de todos modos, si es que existe algo santo y grande y poderoso, lo que le pasó es todo bendición, porque antes de ser lo que fue era un chico que plantaba melones y sandías y después conoció grandes hoteles y mujeres y autos de lujo. Que no se quiere morir, pero que igual se muere. Que si tuviera muchísimo dinero arreglaría su Ford Bronco viejo y rojo e intentaría que sus hermanos no tengan apuros económicos. Que si alguien le hubiera dicho en su momento cuál era la diferencia entre 1.000, 10.000 y 100.000 dólares, habría hecho otras cosas. No sabe cuáles: otras.
–Pero los deportistas pobres no tenemos masters en economía.
En el silencio claro de la noche –el aire blando todavía de humedad– se agacha sobre las rodillas, se mira los pies inútiles.
–Qué pena que esto me pasó ahora. Si hubiera sido a los 50… Pero ahora…
Desde el cuarto de Carlitos llegan las risas, los ruidos de una película de Jackie Chan.

Sunday, June 03, 2007

Con todo el cariño

Houston, 2 de junio de 2007
Querida Chilanga:
Gracias por haberme recogido del suelo tantas veces, por curarme las heridas de las manos y de las rodillas, por haberme quitado la arena de los ojos y haberme sacado el polvo de la nariz. Gracias por haber puesto mi cabeza en tu pecho cuando estaba en la inconsciencia, por haber entendido lo incomprensible, por las pastillas de alegría que no sirvieron como antídoto para el líquido negro de mis venas, gracias por el tequila de su boca, la sal de sus labios y el limón de su indiferencia aquel día.
Gracias por el pozole, por los chilaquiles que comimos en aquella casa tan bonita, por la tinga en tostada hecha con la carne que deshebramos juntos y de la que repetí tres veces, por los chicharrones, por los tamales de Doña Tere, por explicarme cada vez que no la entendía, por llevarme a los jaripeos a pesar de que le gustasen, por enseñarme a bailar norteño y pasear conmigo por las pulgas.
Gracias por soportar mi veneno, ese mismo con el que enfermé al morderme la lengua hace ya casi dos años, por aceptar lo inaceptable, por reírse de mí cuando olía a borracho, por emosionarse cuando le llamaba indiesita en lugar de abofetearme. Gracias por estar a mi lado cuando siempre me quedaba dormido, por aceptar que soy un enfermo que no quiere tomar medicinas, por llevarme del brazo cuando estaba bien tomadito, por ponerse en contra de todos cuando le decían que era un español y no un mejicano correoso, por haberme llamado pinche cabrón por no saber que chingados quería de mi vida, esa misma que usted salvó una vez sin saberlo.
No puedo más, lindura, no puedo con esto. Qué le vaya muy bonito, ya sabe que no me queda mucho, que ya no tengo fuerzas para nada que no sea hacerme daño y no se me cierra la herida por más que la intenta usted curar, no se me cierra y no puede seguir de enfermera por siempre.
Gracias por haberme entendido.
Con todo el cariño,
Carlos Rodríguez Duque

Esperando un día de sol

Springsteen me aburre mucho, sé que muchos me crucifican por esto pero si no puedes con algo, no puedes. No negaré el inmenso respeto que siento por su figura pero no sé si es porque el primer disco suyo que escuché fue "Nebraska", una cinta que me dejó Gema, mi novia de COU (1991), y que tuviese todo el aspecto de ser un disco hecho para él mismo o quizá tuviese que ver que era muy joven y más inmaduro. Quizá que el vampiro de los Stones ya me hubiese mordido un año antes, quizá que durante mucho tiempo de mi juventud pensase que "Born In The USA" era una canción que ensalzaba los iu es ei en lugar de entender lo que significaba, idiotez de joven, supongo… El caso es que tengo un CD de canciones de Springsteen que me gustan, recopilé las que más me llegaban y es uno de los que pongo casi siempre en el lector.
“Waitin’ On A Sunny Day” es una cancion bellísima que está dentro del larga duracion “The Rising” que me encontré en un viaje de vuelta de Londres en un avión. El disco hace referencia al renacer, al tener que levantarse tras lo del once ese. La escucha me dejó un tanto indiferente (lo sé, Jesús Jerónimo, no tengo ni puta idea, lo sé…) pero “Waitin’ On A Sunny Day” se me clavó en el alma desde la primera escucha.
Llevo unos años buscando mi renacimiento, lo he llegado a tocar con mis dedos pero la sensación que tengo es que siempre llueve por mí, demasiado ciego y estúpido para darme cuenta de que soy yo el raro, y de que detrás de las nubes negras hay un sol reluciente, de ese de invierno que me gusta a mí, llueve pero no hay nubes en el cielo, hay brisa de verano, parece que corre el aire pero deben ser suspiros muy profundos. Me estoy cansando de esperar un día soleado y echar esas nubes de una vez. Llegaré a tenerlo, seguro, tan seguro como que el día se convierte en noche, pero necesito esa sonrisa que traiga luz de la mañana a mis ojos y lo único que veo es indiferencia y felicidad en la otra orilla.
Mientras tanto aquí sigo esperando un día de sol de invierno y pensando que esto es un coñazo de blog que creo que no vivirá más allá de julio.
Mr. Blue
Waitin' On A Sunny Day
(B. Springsteen)
2002


It's rainin' but there ain't a cloud in the sky
Must’ve been a tear from your eye
Everything'll be okay
Funny, thought I felt a sweet summer breeze
Must’ve been you sighin' so deep
Don't worry we're gonna find a way

I'm waitin', waitin' on a sunny day
Gonna chase the clouds away
Waitin' on a sunny day

Without you, I'm workin' with the rain fallin' down
I'm half a party in a one dog town
I need you to chase these blues away
Without you, I'm a drummer, girl, that can't keep a beat
An ice cream truck on a deserted street
I hope that you're coming to stay

I'm waitin', waitin' on a sunny day
Gonna chase the clouds away
Waitin' on a sunny day

Hard times, baby well they come to us all
Sure as the tickin' of the clock on the wall
Sure as the turnin' of the night into day
Your smile girl, brings the mornin' light to my eyes
Lifts away the blues when I rise
I hope that you're coming to stay

I'm waitin', waitin' on a sunny day
Gonna chase the clouds away
Waitin' on a sunny day